Boeing 757, Vigo-Madrid, 20:25. Solicito a la tripulación de cabina unos caramelos y un chaleco salvavidas.
Desde la ventanilla veo tu casa, intento liberar la puerta de emergencia, pero no me permiten emerger. Me explican algo extraño sobre ciertas normativas europeas, por las que se prohibe volar de modo individual del cielo a las aceras.
Permítame apearme en este lugar, donde habita ajena a mí, la mayor parte de mi vida; les eximo de responsabilidad si en el tránsito me llego a herir.
Espero que ustedes comprendan que debo saltar hacia ese lugar, pues hoy urge sobrevivir.
Toda la luz del mundo pasa por tu mirada Ángel Guinda
Como la inspiración me mojaba, logré cambiarla por ti; aquella que seduce a todos, permite que vuelva a escribir.
Qué inconsciente regalo es el tiempo; transitado conscientemente se camina más despacio, donde ya nada es urgente, el tiempo es sólo verbo y se vive en tiempo presente.
Cómo la Luz me encuentre entre su espacio, recorrido veloz, me niego a ser arrastrado como se deja la gente, por ese inútil caudal de luz, que comprende la luz inerte. Pido que la Luz me llame -quizás así la encuentre-, me atraviese de modo inesperado, para hacer de mi vida algo más, más que una vida corriente.
Con la promesa de mantener la sordidez de la amistad me presto a rodar una noche más con lo puesto, en nuestros lugares comunes que otras noches usamos para un cuerpo a cuerpo casi forzadopor la inercia de la ginebra y la falsa moral. Me presto a ser el mismo con algún condicionante, obligado a resistir impune la tentación de jeans. Sí, estoy obviando las quimeras que dejas en la almohada, en el coche, y en todas aquellas calles que nos pasean. Dejo en el olvido también aquel roce en la escalera del metro, el desliz de mis yemas por tu antebrazo de falanges tocadas como cuerdas de arpa en el Royal Festival Hall. Vuelvo a casa asombrado por una ausencia de dolor, extraño como un cambio de vías innecesario, violento como no imaginaría esta vida sin tí; con el televisor encendido entre anuncios de teletienda, Edith Piaf resucita por arte de ondas hertzianas, me recuerda la inocencia de este vacío de duelo: Je ne regrette rien. Me acuesto aun con ropa, suena el móvil, eres tú, je ne regrette rien, parece que tu tampoco.
Barcelona, a treita y uno de marzo, se suicida en Montjuïc, en este día, décimo del año después de siglo. Algún rascacielos de espejo azul sobrevive a las calles del Raval, donde los moros trabajan la vida, y el sexo se mantiene como un trabajo estable. Una lluvia de flores en la rambla quema lienzos de Joan Miró. No niego que en otro tiempo os vuelva a recorrer, calles de Barcelona, como un charnego trashumante, pa amb tomàquet, sexo a deshora. Barcelona es simple espasmo, un movimiento involuntario, un lanzamiento al vacio, y de vez en cuando, amor.
Qué ocurriría si me quemaran los sueños, si los noticieros abrieran con los recuerdos, que por cierto, hoy vi en el jornal a un viejo amigo de los gallegos.
Hace tiempo que no seré el que fui, dejando a un lado las austeridades de un pasado que huele a gomina, a pantalón barato del Pull & Beer, al quemado aceite de las cocinas que arrastré por Madrid.
Que pasaría si mi médico decide hoy que ya es demasiado lo que me ha tocado vivir, anunciando que en mi garganta no son virilidades lo que vibra, si no un cancer de faringe, avanzado en gran medida.
¡Qué infortunio más grande pensar que en este mundo mi fortuna no vale!
Cuatro fueron las camas que nos durmieron en Berlín: dos solitarias, de salón, otra de matrimonio, separada en dos. Una luz continua ilumina translúcidas camas de Berlín. La ventana te salva de la alianza con la oscuridad de la noche; un pacto para robarte unos centímetros de sueño. La respiración va encaminando el camino cada vez más despacio. Entre camas resta un espacio, entre vidas un abismo. Estás aquí, no puedo dormir. Sólo tú consigues que después de muerto resucite el muro de Berlín.
Es asombroso ver que mi amigo más conservador y mi amigo más revolucionario, cuando cogen una guitarra, tocan ambos la misma canción.
Tengo miedo de tener la posibilidad de imprimir mis pasajes en casa. Me gustaría que a los billetes de avión se les llamase 'boletos', como en la Argentina. Me gustan esos países con género femenino, como Francia, Italia o Galiza.
Me gusta la Heineken y no la Cruzcampo (aunque se elaboren en la misma fábrica). Lo único bueno de viajar hacia Guadalajara es encontrarse a la extrema izquierda de la A2 la fábrica de Mahou. Pero aun mejor es que anochezca y ver llenarse el cielo de estrellas galicia.
Me dan miedo que aquellos a los que hablé en mi blog (y ahora no me hablan) puedan ver cómo hablo a los que mañana no me hablarán.
Me gusta agarrar a David mientras le grita a Miguel Bosé. Odio que en los bares sólo tengan Larios; odio la letra comics sans.
Me rio cada vez que veo la ciudad de Ginebra en el mapa de Suiza, y cuando recuerdo que la hija de Forega se llama como su capital. Minaretes a parte. También me hace gracia la palabra cantones; Love of Lesbian son unos verdaderos cantones. Los chicos de mi facultad son unos verdaderos marineros.
Todo junto se escribe separado y separado se escribe todo junto.
Parece ser que todo sucedíó a las tres de la mañana. ¿Tienes planes para esta noche? Es que me siento algo solo, y saltaron por la ventana, aunque también lo intentaron por el techo. He discutido en casa, por un niño muerto, en 1989, con una ganzúa electrica, se tomaron su tiempo. Creo que me voy, no te molestes, lo único que haría contigo sería destrozarte el rostro. La policía sospecha de gente cercana, Vete con él, como siempre, y se pararon a comer jamón. Al dia siguiente, en todas las emisoras, se perdió la Esperanza necesaria para él, pero acertaron las palabras: "el hijo puta, eh".
Es bueno que las ilusiones nunca se hagan realidad, que la realidad ilusione sin llegar a cuajar. Es entonces lógico sobre lo deseado dudar, perder la esperanza, cansarse de sembrar esqueletos sin cuerpo, árboles sin hojas, países sin conciencia, revoluciones utópicas, y algún que otro poema. Es necesario tener siempre algo por lo que vivir, aguantar sin quemarlo, desear lo inalcanzable, mas nunca alcanzarlo.
Creo que ya no te necesito. Eso dicen mis versos, aquellos que hace meses que no escribo. Hoy te he mirado, no por necesidad, menor desamparo; insisto, hoy te he mirado y apenas te he visto. Mis pies he vuelto a descalzar, sintiendo aquello que piso: la suavidad de terciopelo en las alfombras, la límpida esencia del suelo del mar, tambien siento la incisiva grieta del vidrio, incluso, a veces sobre la nieve, el frío, calor de la sangre que empieza a congelar. Así, un cúmulo de sensaciones vuelven a rencarnar; los zapatos, el lastre que te vas a llevar. Hoy te he mirado, y creo que ya está. Lo efímero, prolongado, termina mortal de necesidad. Creo que ya no te necesito, pero no me permitas dudar; torna en amistad, ciégame el instinto. Si te vuelvo a mirar, si no cierras el grifo, quizás te vuelva a necesitar: mortal de necesidad.
Hoy he cenado con vino, in memoriam, noches largas, distensiones poéticas. Hoy he cenado con vino, tinto de nuestras letras; Rioja por Cariñena. Hoy he cenado con vino, venido por vuestra ausencia.
Delicias me recibió con el frío propio de estas fechas, con un 127 propio de otras épocas; la compañía de una pareja propia del sueño que habita en Zeta.
Pronunciarte fue asomarse con el alma a un acantilado, dejar soledad al decirlo, rozarte la piel, ya inerte, en aquellos lugares donde ya no estamos.
Da vértigo admitirlo.
Esta noche me ha sido imposible evocarte sin olvidar el daño de los años, de las verdades a medias, escribiendo punto y a parte, dejando la vida a un lado.
Da vértigo admitirlo.
Esta noche no es como las de antes; estaba lleno de ella ¡Qué instante de fortuna! Fui a olvidarte con las estrellas, y por recordarte, me estrellé con la luna.